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Cómo ser una persona que infunde ánimo

Cuando sus conocidos lo ven acercarse, ¿cuál es la reacción? ¿Se sienten contentos de verlo o se apartan de usted? ¿Cómo reaccionan cuando piensan en usted? ¿Lo hacen con una sonrisa en sus labios o con el ceño fruncido?

Es el deseo de nuestro Padre celestial que como hijos suyos que somos lleguemos a ser personas que infunden ánimo. Y desde luego que a todos nos gusta tratar con ese tipo de personas, porque sentimos algo especial cuando estamos con una persona que por naturaleza inspira confianza.

El apóstol Pablo, en su segunda carta a los corintios, les dice que nuestro Padre celestial es el Dios de toda consolación, de todo ánimo. Y también en el libro de Isaías capítulo 35: 3-4, encontramos las siguientes palabras: "Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles. Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis…"

Luego, en 1 Tesalonicenses Pablo dice algo parecido: "Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis" (5:11).

Animar, entonces, quiere decir edificar a los demás. Una persona que inspira ánimo tiene la capacidad o el don de alentarnos y edificarnos; puede darnos esperanza, confianza; motivarnos a seguir adelante y a seguir luchando aun cuando la lucha sea dura y las dificultades abunden.

Ahora, en 2 Corintios, en el comienzo Pablo precisamente habla de este tema. Dice: "Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación [de todo ánimo], el cual nos consuela [nos infunde ánimo] en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación.

Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también los sois en la consolación" (1:3-7).

Si yo le preguntara: ¿quiere usted ser una persona que infunde ánimo? De seguro me diría que sí. Pero me temo que al explicarle lo que se espera de usted, probablemente cambie de opinión.

Dios es el que hace a los grandes consoladores. Es decir, Él los convierte en personas que inspiran ánimo y confianza. Y de eso es lo que quiero escribir.

¿Cómo podemos llegar a ser personas que infunden ánimo y que dan consuelo?
Voy a mencionar tres pasos que son esenciales para llegar a ser esta clase de persona. Ahora, no hablo de las personas que de la boca solo saben decir: "Ánimo, mi amigo, todo va a salir bien". O que dicen: "Voy a orar por usted". Porque sabemos que eso será lo que menos harán. Tampoco hablo del tipo de personas que vienen y nos tocan el hombro y nos dicen: "Yo entiendo. Verá que todo saldrá bien". Pero sabemos que en realidad no entienden por lo que pasamos.

Déjeme decirle a qué clase de persona me refiero. Es la persona que con su presencia, su voz, su mirada y su mano amistosa nos hace sentir mejor; nos infunde ánimo y confianza; y con su compañía y palabras nuestros temores y dudas desaparecen; y algo dentro de nosotros nos dice que sí, que todo saldrá bien, que Dios nos sacará adelante, que nos mantengamos firmes mientras esperamos en Él. Esa es la clase de persona de la que quiero hablar.

Ahora bien, el primer paso en este aprendizaje es –y tal vez no le guste lo que voy a decir– pero necesita saberlo:

El primer paso es la aflicción
Si queremos ser personas que infunden ánimo debemos estar dispuestos a experimentar la aflicción en nuestra vida.

Pablo fue dotado de manera muy especial en este aspecto. Posiblemente en todo el Nuevo Testamento él es el que más nos infunde ánimo; por supuesto, después del Señor Jesucristo. En varias de sus epístolas Pablo menciona las muchas tribulaciones y aflicciones que él y sus compañeros pasaron. Por ejemplo, en 2 Corintios 4:8, dice: "... que estamos atribulados en todo (las circunstancias, la persecución, el antagonismo, los enemigos, las necesidades, las tensiones), mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos".

Y en otros pasajes de esta carta Pablo menciona las dificultades, los problemas, las adversidades, los padecimientos, los ataques y muchas otras cosas por las que pasó; aún la pérdida de la esperanza de conservar la vida.

Sin embargo, cuando necesitamos ser animados y alentados; cuando necesitamos recibir consuelo, dirección y fortaleza; cuando estamos en momentos muy difíciles y en grandes pruebas, por lo general leemos las cartas de Pablo. ¿Por qué? Porque en ellas vemos cómo él padeció todas esas cosas, aún de aquellos a los que quería ganar para Cristo. Cuando nosotros nos encontramos en situaciones parecidas, cuando padecemos y sufrimos tribulación, queremos oír de alguien que ha pasado por lo mismo y ha experimentando lo que nosotros experimentamos ahora.

¿Por qué es esto importante? Porque hay autoridad, hay comprensión y confianza en las palabras, en la actitud, en la mirada de una persona que ha pasado por lo mismo.
La persona que ha pasado por pruebas y luchas nos inspira, nos anima, nos fortalece, nos edifica, nos da esperanza. Cuando habla no dice palabras vanas y vacías, como dijo Job de sus amigos que llegaron a consolarle: "Consoladores molestos sois todos vosotros". La persona que ha pasado por lo que nosotros ahora pasamos, puede identificarse con nosotros; sus palabras tienen un significado especial que nos alientan y nos edifican; sentimos que nos comprende.

Entonces, si queremos llegar a ser personas que infunden ánimo, tenemos que estar dispuestos a padecer también. Pero padecer sin murmurar, sin quejarnos y sin culpar a nadie, sino que debemos decir: "Señor, ¿qué tratas de enseñarme con esta situación en la que me encuentro?"

Y esto nos lleva al paso número dos:

Los principios implicados en este proceso
No solo debemos estar dispuestos a padecer, sino también a aprender los principios que de este proceso se desprenden. Porque hay muchas personas que sufren y de nada les aprovecha. No sacan provecho de sus lágrimas, de sus dificultades, de sus pruebas y tribulaciones, sino que desperdician la oportunidad que estas brindan de madurar espiritual y emocionalmente. Una cosa es padecer por padecer, y otra es entender los propósitos del Señor, saber por qué lo permite y cómo actúa. Y eso es lo que Pablo expresa aquí en este pasaje. En el versículo 4 dice: "El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones [¿para qué?], para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación".

Dios permite que pasemos por tribulaciones y aflicciones para prepararnos y capacitarnos para llegar a ser consoladores; para dar ánimo y para edificar a los que a nuestro alrededor sufren y padecen.

Además, Dios quiere que aprendamos a confiar solamente en Él. Eso no quiere decir que no podamos buscar apoyo y ayuda en los demás, sino que nuestra esperanza, nuestra confianza y nuestro ánimo vienen especialmente del Señor. Porque hay situaciones en las que nadie puede ayudarnos; nadie puede intervenir para hacer cambiar las circunstancias o la personalidad del que está a nuestro lado; nadie puede hacer nada. Y es cuando nos encontramos sin esperanza alguna, sin saber qué hacer, sin ninguna solución y nos abandonamos a la misericordia de Dios y a su voluntad.

¿Dónde podemos estar mejor sino abandonados a la gracia de Dios y confiando en él para que nos ayude, nos levante, nos consuele y nos saque adelante? Ese es el principio que Dios quiere que aprendamos.

Ahora, si hemos sufrido, si hemos padecido, si hemos pasado por pruebas y aflicciones, y lo único que pensamos es en el sufrimiento y en nosotros "pobrecitos" y nos quejamos, murmuramos y culpamos a los demás; entonces todavía no estamos capacitados ni preparados para ser el tipo de personas que consuelan y que inspiran confianza y ánimo. Y cuando hacemos eso, cuando aprendemos y ponemos en práctica esos principios, sucede lo que Pablo menciona en el versículo 11: "Cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a nosotros por medio de muchos" .

O sea, el principio aquí es que cuando oramos por los que padecen y pasan por grandes aflicciones, y Dios contesta nuestra oración a favor de ellos, ¿qué sucede? Que cuando otros ven cómo Dios contestó nuestra oración a favor de los que padecen y ven cómo Dios actúa en sus vidas y en la situación en que se encuentran, entonces la fe de ellos es edificada y fortalecida; o sea, ellos dirán: "Mmm..., si Dios contestó la oración de estos a favor de aquellos otros, entonces también va a contestar mi oración".

En este pasaje, Pablo nos guía paso a paso para llegar a ser consoladores y personas que infunden ánimo y confianza. Porque nadie nace y es así. Tal vez hay personas que traen por naturaleza una actitud positiva hacia la vida; pero para llegar a ser personas que infunden ánimo se necesita más que eso; hay que ser modelados y edificados por Dios. Él usa las aflicciones, las pruebas y las tribulaciones en nuestra vida para quebrantarnos y modelarnos, para poder llegar a ser de ayuda, de inspiración y de edificación para otros.
Pero si siempre tratamos de evadir este proceso, nunca llegaremos a ser esa clase de personas; porque siempre vamos a encontrar una excusa, una explicación o una manera de eludir estas circunstancias.

Ahora, las personas en las que encontramos más apoyo, más ánimo y ayuda son las que han pasado por lo peor. Personas que han pasado por grandes pruebas y aflicciones sin tener nada ni nadie al que acudir, excepto al Señor, y clamaron a hasta que Él intervino en sus vidas. Estas personas sí pueden dar testimonio y decirnos cómo Dios contestó su oración y cómo actuó en sus vidas.

Mire, cuando no tenemos ninguna salida, cuando todo se viene abajo y no hay solución ni tenemos a quién acudir; tenemos que seguir confiando en el Señor, porque si no terminaremos en el desastre.

Cuando Dios permite la aflicción, los padecimientos y la tribulación, es porque nos modela, produce algo de gran valor y de gran poder en nuestra vida. Nos forma para que cuando nos encontremos con alguien que Dios ponga en nuestro camino, entonces estemos capacitados para ayudarlo con su carga, con sus luchas; estaremos preparados para consolarlo, animarlo y levantarlo.

Y por lo que decimos o hacemos esa persona recibe esperanza, ánimo y confianza, y dice: "Veo que hay esperanza, que hay una salida, que al final Dios hará que todo salga bien". Porque la persona que consuela e infunde ánimo siempre guiará a la otra persona a poner su esperanza y enfoque en el Señor.

Vayamos ahora a 2 Corintios capítulo 12. Un gran pasaje de la Biblia en cuanto a esto de ser personas que animan y edifican. Pablo podía infundir ánimo y consolar a los creyentes y a los que leían sus cartas porque él pasó por la escuela del sufrimiento y aprendió la lección. Cuando padecía y pasaba por grandes tribulaciones y pruebas, aprendió algo muy, muy importante. Vea lo que dice en el versículo 7: "Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera".
Esta fue una prueba muy difícil para Pablo, que le causó gran sufrimiento. Y no sabemos por cuánto tiempo tuvo que soportarla. Ahora el versículo 8 dice: "Respecto a lo cual tres veces le he rogado al Señor, que lo quite de mí".

Esta no fue una oración ligera de Pablo. No fue que él dijo: "Señor, te pido tu bendición en esto. Amén". No, sino que de seguro suplicó, clamó y ayunó mucho, le pidió al Señor que le quitara ese problema. Pero en medio de esta gran prueba, en medio de esta gran aflicción Pablo dice que aprendió algo. Vea el versículo 9: "Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad".

Esto quiere decir que el poder de Dios se manifiesta en nuestra vida más gloriosamente cuando estamos en los momentos más difíciles, en las pruebas más duras y cuando somos más débiles. Y Pablo continúa en el versículo 9: "Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo".

El principio que Pablo aprendió fue que en los momentos más difíciles, en las pruebas más dura y cuando se sentía más débil, era cuando el poder de Dios se manifestaba más gloriosamente en su vida.

Sentía más profundamente la presencia de Dios que lo animaba, fortalecía y consolaba. Luego dice en el versículo 10: "Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte".

"Esto que he aprendido –dice Pablo– es algo asombroso; es un principio maravilloso, fascinante; una verdad excelente: cuando todo parece perdido –aún mi vida– cuando estoy en lo más bajo, cuando me siento más débil e impotente es cuando siento la presencia y el poder de Dios como nunca, y es cuando su gracia se manifiesta más espléndidamente."

¿Sabe por qué Pablo podía animar, edificar y consolar como lo hacía? Porque aprendió este principio tan importante. Por eso nos gusta leer sus cartas para recibir consuelo, ánimo y fortaleza.

No podemos ser personas que infunden ánimo si no estamos en verdad interesados personalmente en la vida de las otras personas.

Ahora, si usted quiere mantener su distancia con los demás y no quiere que lo molesten, nunca podrá ser una persona que inspira confianza e infunde ánimo. No podremos animar, ni consolar ni edificar a los que lo necesitan si nos mantenemos alejados de ellos.
Tenemos que identificarnos con la otra persona, con lo que ella pasa y con lo que sufre. Y a eso se refiere Pablo aquí en este pasaje cuando dice que Dios nos consuela en nuestras tribulaciones, para que nosotros también podamos consolar a los demás; porque sentimos indirectamente lo que ellos también sienten. Entonces debemos estar dispuestos a interesarnos en los demás, en sus problemas, en sus necesidades, en sus pruebas y en sus aflicciones.

Animar de muchas maneras

Una de las maneras más simples de animar a otra persona es con una mirada. ¿Nunca se ha sentido alentado por la mirada de otra persona? Yo sí, puedo decirle que muchas veces me he sentido alentado y bendecido tan solo con una mirada. ¿Se ha puesto a pensar lo que su mirada comunica a los demás? Mire, con nuestra mirada podemos comunicar rechazo, desaprobación, negación, etc. O podemos comunicar ánimo, aprobación, etc.

También podemos comunicar ánimo por medio del tacto. Claro, no significa que tenemos que abrazar a las personas a cada rato. Pero si estamos junto a esa persona, podemos ponerle cariñosamente nuestra mano sobre su hombro y con eso comunicamos ánimo y confianza.

A veces también puede ser una palabra de aliento; pero debemos tener cuidado con lo que decimos. Que no sean solo frases hechas, como por ejemplo: "Sí, voy a orar por usted", sin realmente sentirlo. Olvídelo, porque hay muchas personas que usan esta frase muy a la ligera, sin pensarlo, sin tener la intención de hacerlo. Esta frase ha llegado a ser solo un decir, una expresión religiosa. También comunicamos ánimo a la otra persona a través de nuestras acciones. Tal vez le ayudemos económicamente, o le demos algo que necesita o simplemente compartimos algo de lo nuestro con esa persona.

Eso es lo que Dios quiere que todos los creyentes seamos: personas que infunden ánimo, que consuelan, que edifican y que inspiran confianza.

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